Cuando esa mañana me crucé por las escaleras del metro con aquel anciano llevando un pequeño sobre dentro de una bolsita para congelar alimentos, no le di ninguna importancia. No obstante, esa misma noche me descubrí a mí mismo pensando en él. Era un pensamiento casi obsesivo que no me dejaba conciliar el sueño ya que las preguntas que se habían estado gestando en silencio durante el día me atacaron de pronto en la oscuridad de mi dormitorio. ¿Qué contendría aquel sobre? ¿Una carta? ¿A cerca de qué? ¿Recibida o a enviar? ¿Y por qué motivo ese extraño modo de transporte? Obviamente el hombre en sí jamás hubiera despertado mi interés, pero ese pedazo de papel blanco guarecido en una bolsa transparente con autocierre convirtió a un figurante cualquiera en el protagonista de mi mente. Esos tres dedos huesudos pinzando escrupulosamente la esquina de la bolsa, como si el plástico de ésta no fuera suficiente aislante entre el sobre y la piel, se presentaban en primer plano cada vez que cerraba los ojos. ¿Qué texto se merecía ser custodiado prácticamente al vacío?
Por suerte aquella noche la absurda obsesión no impidió que fuera dejándome llevar por el sueño poco a poco y, mezclando ficción y memoria, consiguiera quedarme dormido. Fue en ese periodo de duermevela en el que la primera historia del anciano de la carta al vacío empezó a tomar cuerpo. Una primera historia que creció en el mundo de los sueños y que al día siguiente recordaba tan solo a grandes rasgos. Eso sí, lo suficientemente completa para que en absoluto saciara mi curiosidad.
[...]
martes, 28 de julio de 2009
martes, 21 de julio de 2009
Hoy he soñado que perdía el metro
Hoy he soñado que perdía el metro. Lo oía llegar mientras bajaba por las escaleras y aceleraba el paso a pesar del pleno conocimiento de que el último escalón coincidiría con le pitido previo al cerrarse de puertas y la entrada en el andén sería el pistoletazo de salida para el tren. Como no podía ser de otra manera he tenido el tiempo incluso de ver cómo se cerraba la hilera de puertas ante mí, quedando tras ellas todas y cada una de las personas que habían llegado hasta 10 segundo antes que yo. Por supuesto nadie por detrás, todo el andén vacío para recorrerlo frustradamente esperando a que los monitores indicaran el también previsible “Próximo tren llegará en: 14 minutos”, desafiando todas las reglas horarias para esa línea y franja del día.
No sé si esa escena onírica era una pieza precedida o seguida por otros acontecimientos más acordes con lo que se espera de un sueño. Tan sólo sé que es lo único que ha permanecido en mi memoria al despertarme por la mañana y dirigirme a coger un metro que por supuesto he perdido.
Lo más preocupante no es soñar con perder el metro, es el hacerlo de forma regular. ¿Qué clase de persona tiene ese sueño recurrente? ¿Se supone que he de buscarle un significado? Creo que prefiero no hacerlo.
No sé si esa escena onírica era una pieza precedida o seguida por otros acontecimientos más acordes con lo que se espera de un sueño. Tan sólo sé que es lo único que ha permanecido en mi memoria al despertarme por la mañana y dirigirme a coger un metro que por supuesto he perdido.
Lo más preocupante no es soñar con perder el metro, es el hacerlo de forma regular. ¿Qué clase de persona tiene ese sueño recurrente? ¿Se supone que he de buscarle un significado? Creo que prefiero no hacerlo.
martes, 7 de abril de 2009
Hasta aquí Estambul.
¿Sabéis qué? Me da mucha, mucha, mucha pereza escribir más posts sobre Estambul. Y como no quiero ir dejando el blog abandonado a la espera de que un día me vuelvan a entrar las ganas, me parece que voy a dar carpetazo el tema y a otra cosa.
La verdad es que todavía me quedaban bastantes historias que contar, como la de los gatos hipersociables que abarrotan sus calles (incluso en el interior de los monumentos) y vienen corriendo a que les acaricies en cuanto les haces un poco de caso. O la del día que utilicé seis medios de transporte diferentes en un solo día (autobús, taxi, metro, tranvía, funicular y ferry). También me quedo sin hablar sobre el Bósforo y sus orillas europea y latina. Así como de los restaurantes con Kebab que sabe a a cordero del bueno, los puestecillos con bocadillo de pescado o los tés turcos (çai) y cachimbas (nergile) de los bares. Tampoco dedicaré mi tiempo a hablar sobre el frío y la lluvia que nos amargó un poco el viaje pero que evitó que nos chupáramos unas previsibles colas interminables en los palacios de los sultanes (tanto el antiguo Topkapi como el moderno Dolmabahçe). O de las vistas panorámicas de 360º que la torre Galata ofrece para hacerse a la idea del gigantesco tamaño de una ciudad de 12 ó 13 millones de habitantes (depende de la fuente). Me fastidia un poco no profundizar en el mundo de los bazares turcos: el de las especias, el Gran Bazar o los numerosos bazares callejeros, menos turísticos pero más auténticos (y baratos).
En resumen, que para ahorrarme todo esto me limitaré al extremadamente largo párrafo anterior y a una serie de fotos que comparto a continuación. Y todo esto porque esta noche me voy de vacaciones de Semana Santa a Santiago y, como decía antes, me da mucha pereza forzarme a seguir escribiendo sobre este pasado viaje.
En ocasiones hay que hacer caso de ciertas citas célebres, sobre todo si son tan agradables de poner en práctica:
“Además del noble arte de hacer cosas, está el noble arte de dejar cosas sin hacer. La sabiduría consiste en la eliminación de lo superfluo” (Ling Yutang)
Y ahora las fotos:
La verdad es que todavía me quedaban bastantes historias que contar, como la de los gatos hipersociables que abarrotan sus calles (incluso en el interior de los monumentos) y vienen corriendo a que les acaricies en cuanto les haces un poco de caso. O la del día que utilicé seis medios de transporte diferentes en un solo día (autobús, taxi, metro, tranvía, funicular y ferry). También me quedo sin hablar sobre el Bósforo y sus orillas europea y latina. Así como de los restaurantes con Kebab que sabe a a cordero del bueno, los puestecillos con bocadillo de pescado o los tés turcos (çai) y cachimbas (nergile) de los bares. Tampoco dedicaré mi tiempo a hablar sobre el frío y la lluvia que nos amargó un poco el viaje pero que evitó que nos chupáramos unas previsibles colas interminables en los palacios de los sultanes (tanto el antiguo Topkapi como el moderno Dolmabahçe). O de las vistas panorámicas de 360º que la torre Galata ofrece para hacerse a la idea del gigantesco tamaño de una ciudad de 12 ó 13 millones de habitantes (depende de la fuente). Me fastidia un poco no profundizar en el mundo de los bazares turcos: el de las especias, el Gran Bazar o los numerosos bazares callejeros, menos turísticos pero más auténticos (y baratos).
En resumen, que para ahorrarme todo esto me limitaré al extremadamente largo párrafo anterior y a una serie de fotos que comparto a continuación. Y todo esto porque esta noche me voy de vacaciones de Semana Santa a Santiago y, como decía antes, me da mucha pereza forzarme a seguir escribiendo sobre este pasado viaje.
En ocasiones hay que hacer caso de ciertas citas célebres, sobre todo si son tan agradables de poner en práctica:
“Además del noble arte de hacer cosas, está el noble arte de dejar cosas sin hacer. La sabiduría consiste en la eliminación de lo superfluo” (Ling Yutang)
Y ahora las fotos:
Salida en turco se dice Giris, lo que da pie a muchos carteles cómicos en los lugares de interés.
Gato en el interior de Santa Sofía.
La cisterna de Yerebatan. Probablemente el lugar a visitar más original de la ciudad.
jueves, 2 de abril de 2009
Estambul, la ciudad de las mezquitas.
Si bien es cierto que ayer comenté los muchos pasos que el temerario Ataturk dio en dirección contraria al islamismo intentando alejar a su país de éste en la medida de lo posible, es obvio que no se puede cambiar la fe a toda una población de un día para otro. De hecho ni siquiera de una generación a otra. Es por ello que la mayoría de la población turca se declare musulmana, aunque beban alcohol regularmente y no abandonen sus actividades para atender a la llamada de los minaretes.
Es precisamente de eso de lo que quiero hablar hoy. De los minaretes de Estambul o, para ser más concreto, de las mezquitas o “camii” a las que pertenecen. Como decía antes no se puede cambiar la fe de un pueblo de la noche a la mañana, y obviamente tampoco su legado de siglos (a no ser que te líes con la dinamita a tirar abajo construcciones). Digo esto porque la “pequeña” ciudad de Estambul tiene la nada desdeñable cifra de 3000 mezquitas. Sí, 3000. Sinceramente no sé cuántas iglesias podrá haber en Madrid (según la única referencia que he encontrado en Internet hay 525 en toda la comunidad), pero a mí me parece una barbaridad. Y de hecho, estando allí, eras consciente de que esa cantidad tenía que ser cierta. ¿Por qué? Porque mires a donde mires te encuentras una y, como gires 360 grados fijo que te encuentras un par más. De hecho cada foto panorámica que me he traído está salpicada de ellas. Además es lo que tienen los minaretes, que se ven mucho. Mirad esta foto por ejemplo. Así a bote pronto yo he localizado 15 mezquitas que he marcado con círculos rojos, pero seguro que se me pasan por alto muchas más.

Y claro, otro detalle que caracteriza a estas construcciones es que parece que las han hecho con un molde. Pueden ser más grandes o más pequeñas, algo más o algo menos lujosas, y dependiendo de la época pueden tener diferencias arquitectónicas tan destacadas como la diferente anchura de sus minaretes. Y esto no cambia en cuanto al interior, que es también un calco en cualquiera de ellas (una vez más con la única diferencia del tamaño y el lujo).
Con esto quiero decir que es bastante impactante ver la primera mezquita (sobre todo si empiezas por alguna de las más grandes), pero que cuando llevas tres o cuatro empieza a hacerse un tanto monótono. Sobre todo si hace un frío increíble está lloviendo y descalzarte en la entrada no te hace ni puñetera gracia.
Pero vamos, que hay que reconocer que el paisaje de la ciudad salpicado de minaretes y cúpulas es una gozada. Y que cuando entras en la Mezquita Azul (Sultanahmed Camii) se te queda cara de tonto.
Aquí la tenéis por fuera de día y de noche así como un par de imágenes de su interior.



Por supuesto no hay que olvidarse de Santa Sofía, que es sencillamente espectacular. Claro que como el bueno de Ataturk acabó con la religiosidad de un edificio que había sido iglesia durante 9 siglos y como mezquita durante 5. En plan salomónico optó por convertirla en un museo (por llamarlo de alguna manera, ya que no expone nada) para fomentar el turismo.
Como tipo afortunado que soy, y no conforme con el habitual maleficio del mal tiempo, esta vez añadí la maldición de las obras. Y es que resulta que Estambul será la capital Europea de la cultura en 2010. ¿Y eso que implica? Pues que la mitad de los lugares de interés estaban en obras. Así que tocó ver santa Sofía, sin duda uno de los monumentos más interesantes del mundo, con unos andamios gigantescos plantados en mitad de la nave y que impedían la vista total de la misma desde ningún ángulo.
En fin, aquí algunas fotos de Santa Sofía.



Y para no quedarme solamente en estas dos aquí va otro par de ellas.
Mezquita de Suleiman (Süleymaniye Camii). En uno de los puntos más altos del centro de la ciudad. Considerada por el gremio arquitectónico como la mezquita más grandiosa de Estambul (Santa Sofía cuenta ya como museo y la Mezquita Azul, pese a tener mayor superficie total, tiene una cúpula más pequeña, que al parecer es lo más importante). Si Santa Sofía tenía los andamios por dentro, ésta los tenía por fuera y no se podía ni visitar. Os tendréis que conformar con esta foto del atardecer en Estambul con el perfil de la mezquita a la izquierda.

Mezquita Nueva (Yeni Camii). Algo más pequeña que las anteriores, pero aun así de gran tamaño y belleza. A decir verdad es una copia algo reducida de la Mezquita Azul. Su punto fuerte es que está justo a la orilla del Bósforo y por la noche, como podéis ver, es todo un espectáculo con esa ilumincación.
Es precisamente de eso de lo que quiero hablar hoy. De los minaretes de Estambul o, para ser más concreto, de las mezquitas o “camii” a las que pertenecen. Como decía antes no se puede cambiar la fe de un pueblo de la noche a la mañana, y obviamente tampoco su legado de siglos (a no ser que te líes con la dinamita a tirar abajo construcciones). Digo esto porque la “pequeña” ciudad de Estambul tiene la nada desdeñable cifra de 3000 mezquitas. Sí, 3000. Sinceramente no sé cuántas iglesias podrá haber en Madrid (según la única referencia que he encontrado en Internet hay 525 en toda la comunidad), pero a mí me parece una barbaridad. Y de hecho, estando allí, eras consciente de que esa cantidad tenía que ser cierta. ¿Por qué? Porque mires a donde mires te encuentras una y, como gires 360 grados fijo que te encuentras un par más. De hecho cada foto panorámica que me he traído está salpicada de ellas. Además es lo que tienen los minaretes, que se ven mucho. Mirad esta foto por ejemplo. Así a bote pronto yo he localizado 15 mezquitas que he marcado con círculos rojos, pero seguro que se me pasan por alto muchas más.
Y claro, otro detalle que caracteriza a estas construcciones es que parece que las han hecho con un molde. Pueden ser más grandes o más pequeñas, algo más o algo menos lujosas, y dependiendo de la época pueden tener diferencias arquitectónicas tan destacadas como la diferente anchura de sus minaretes. Y esto no cambia en cuanto al interior, que es también un calco en cualquiera de ellas (una vez más con la única diferencia del tamaño y el lujo).
Con esto quiero decir que es bastante impactante ver la primera mezquita (sobre todo si empiezas por alguna de las más grandes), pero que cuando llevas tres o cuatro empieza a hacerse un tanto monótono. Sobre todo si hace un frío increíble está lloviendo y descalzarte en la entrada no te hace ni puñetera gracia.
Pero vamos, que hay que reconocer que el paisaje de la ciudad salpicado de minaretes y cúpulas es una gozada. Y que cuando entras en la Mezquita Azul (Sultanahmed Camii) se te queda cara de tonto.
Aquí la tenéis por fuera de día y de noche así como un par de imágenes de su interior.



Por supuesto no hay que olvidarse de Santa Sofía, que es sencillamente espectacular. Claro que como el bueno de Ataturk acabó con la religiosidad de un edificio que había sido iglesia durante 9 siglos y como mezquita durante 5. En plan salomónico optó por convertirla en un museo (por llamarlo de alguna manera, ya que no expone nada) para fomentar el turismo.
Como tipo afortunado que soy, y no conforme con el habitual maleficio del mal tiempo, esta vez añadí la maldición de las obras. Y es que resulta que Estambul será la capital Europea de la cultura en 2010. ¿Y eso que implica? Pues que la mitad de los lugares de interés estaban en obras. Así que tocó ver santa Sofía, sin duda uno de los monumentos más interesantes del mundo, con unos andamios gigantescos plantados en mitad de la nave y que impedían la vista total de la misma desde ningún ángulo.
En fin, aquí algunas fotos de Santa Sofía.



Y para no quedarme solamente en estas dos aquí va otro par de ellas.
Mezquita de Suleiman (Süleymaniye Camii). En uno de los puntos más altos del centro de la ciudad. Considerada por el gremio arquitectónico como la mezquita más grandiosa de Estambul (Santa Sofía cuenta ya como museo y la Mezquita Azul, pese a tener mayor superficie total, tiene una cúpula más pequeña, que al parecer es lo más importante). Si Santa Sofía tenía los andamios por dentro, ésta los tenía por fuera y no se podía ni visitar. Os tendréis que conformar con esta foto del atardecer en Estambul con el perfil de la mezquita a la izquierda.

Mezquita Nueva (Yeni Camii). Algo más pequeña que las anteriores, pero aun así de gran tamaño y belleza. A decir verdad es una copia algo reducida de la Mezquita Azul. Su punto fuerte es que está justo a la orilla del Bósforo y por la noche, como podéis ver, es todo un espectáculo con esa ilumincación.
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