domingo, 27 de diciembre de 2009

A Roberto Orlino le gustaba mirar (VIII)


Todo lo que se permitió a sí mismo como reacción a ese sonido fue girar la cabeza ligeramente hacia esa otra pared. Ni siquiera lo suficiente como para observarla de frente, sino tan solo por el rabillo del ojo mientras trataba de aguzar su oído lo más posible para interpretar los sonidos siguientes al de esa puerta. Y la verdad es que no tuvo que esforzarse mucho, ya que el silencio absoluto de su apartamento se vio de pronto alterado por el ruido de pasos (algunos inconfundiblemente de tacones), risas y conversaciones cruzadas. De pronto todo pasó a estar acompañado por una música machacona que hizo temblar el lienzo que se apoyaba en la pared. Ricardo se acercó a ella gateando y se irguió lo suficiente para poder observar por el agujero.


Acostumbrado a la oscuridad y la falta de estímulos visuales Ricardo se giró rápidamente apoyando la espalda contra la pared y cerrando los ojos con fuerza. La luz, el movimiento, el ruido… Un gran mareo invadió su cabeza. Tras respirar profundamente un par de veces volvió a abrir los ojos y, poco a poco, volvió a apoyar su frente en la pared. Lo que veía al otro lado parecía un mal anuncio de televisión, de esos hechos en España intentando ser un principio de capítulo de CSI Nueva York. En un amplio salón estrafalariamente decorado un número indeterminado de personas entraban y salían de su campo visual dándole apenas tiempo de estudiar sus rostros. Ellas, jóvenes y delgadas, se movían como sólo había visto hacer a algunas bailarinas de videoclips, sólo que menos acompasadamente y más, cómo decirlo, como putas en celo. Ellos, treintañeros de largo, parecían valorar a las descontroladas chicas con la misma atención con la que uno de ellos observaba el reloj de muñeca que otro le enseñaba. Todos llevaban trajes oscuros, alguno de ellos satinado, y el pelo aplastado por la gomina. Y cada uno de ellos sostenía en su mano derecha un vaso bajo y ancho que Roberto, instruido por cientos de tardes invertidas en salas de cine, interpretó como whisky. ¿Realmente existía esa gente? Hombres con camisas granates o moradas y corbatas de seda, que inclinaban la cabeza para ver unos milímetros de más bajo los vestidos de unas veinteañeras pasadas de vueltas. Roberto se consideraba un experto sociólogo de campo, y desde luego nunca se había encontrado con algo como eso. Claro que tal vez el metro o la calle no fueran los hábitats naturales de esos elementos.


Por un momento se encontró a gusto, en su salsa, observando a los machitos darse codazos entre sí mientras se recreaban en la piel morena de sus dudosas amigas. Observar observar era uno de los placeres favoritos de Roberto. Hay pocas cosas más entretenidas que ver pasar a una mujer atractiva por la calle y, en lugar de fijarse en ella, prestar atención a aquéllos que se cruzan con ella. Especialmente si éstos van a su vez acompañados y han de arreglárselas para hacerlo con (lamentable) disimulo. Es por ello que poder estudiar a esa panda de hienas le mantuvo distraído hasta que un potente “Aquí estoy” fue acompañado por los vítores de varios de los hombres. Un segundo antes de que la persona que había dicho esas palabras apareciera en la habitación Roberto ya sabía quién iba a cruzar esa puerta. Así mismo, la confianza con la que entró en la habitación con la bolsa de plástico en la mano derecha mientras subía el volumen de la música con el pequeño mando blanco de la mano izquierda le dieron a entender que él era el anfitrión de la fiesta. Él. Roberto Orlino, o una versión adelgazada, repeinada y morena de sí mismo. Iba acompañado de otra persona que no tardó en reconocer, a pesar de no haberle visto en años. Se trataba de Soler, un compañero de universidad con el que tuvo gran amistad durante los primeros años de carrera. Después, mientras los excesos de uno iban en aumento los del otro iban desapareciendo. Soler era de los que experimentaban, Roberto de los que observaban. Sin ninguna pelea o roce aparente la relación entre ambos se fue enfriando hasta desaparecer, aunque de una manera u otra la información sobre el triunfal hombre de negocios no dejó de llegar al aburrido oficinista.


El Roberto Orlino gordo, pálido, despeinado, sucio y desnudo sólo pudo aguantar el espectáculo durante un par de minutos más. Lo suficiente para ver cómo su alterego sacaba de una elegante caja de madera oscura varios tubitos metálicos (¿o sería plata?) que empezó a repartir entre sus amigos. Las chicas, como niños que interrumpen sus juegos en una fiesta de cumpleaños al ver aparecer los sándwiches de nocilla, habían parado de bailar, y ocupaban la primera fila ante la gran mesa de cristal en la que empezó a vaciarse el contenido de la bolsa.


Roberto, golpeado por un insoportable dolor de cabeza, fue resbalando por la pared hasta quedar tendido boca abajo sobre la moqueta, en la que se enterró parte de su boca absorbiendo la saliva que ni siquiera pensaba en tragar. Todo su cuerpo recibía aún el ritmo de la música a través de su coronilla, todavía en contacto con la pared. Sus brazos, extendidos como los de un Cristo, dejaban las sudadas palmas de las manos vueltas hacia el techo. No entendía nada. En ese momento Roberto se hizo pis.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

A Roberto Orlino le gustaba mirar (VII)

Cuando Roberto escuchó el ruido tras la pared en la que se apoyaba la obra de Goya, de pie en el suelo como los otros dos cuadros, no podía saber que eran las tres de la mañana. Nunca había llevado reloj porque le molestaba su peso, y el móvil apagado tampoco le servía de mucho. Durante las últimas semanas había perdido la noción del tiempo. Por saber no sabía ni en qué día de la semana estaba, ya que los breves y desordenados periodos de sueño no servían para distinguir los días y las noches que transcurrían al otro lado de la persiana cerrada.

Precisamente fue de uno de esos duermevelas de los que Roberto salió de forma sobresaltada al oír el claro sonido de una puerta cerrarse en el piso de al lado. Bastantes veces había escuchado ya breves y suaves ruidos a través de cada una de las tres paredes, pero nunca tan claros y reconocibles. Se acercó casi en cuclillas, con las piernas agarrotadas, hasta el agujero, esforzándose para erguirse lo necesario para alcanzarlo. Justo en el momento de poner el ojo a escasos milímetros del punto negro un haz de luz lo atravesó haciendo que la pupila, dilatada durante cientos de horas, se contrajera dolida. Un hombre de elegante traje gris encendía la luz de un salón clásicamente amueblado mientras arrojaba su portafolios sobre una butaca de tapicería marrón clara, a juego con el sofá de tres plazas.

“¿Cariño?” Preguntó una voz de mujer a la que el hombre contestó “Sí ¿Qué tal el día?”. Esas fueron las palabras que Roberto escuchó decir al hombre mientras se quitaba la chaqueta y se giraba hacia la voz femenina lo suficiente para mostrar las tres cuartas partes de su rostro. El rostro que Roberto había visto en el espejo del cuarto de baño todos los días de su vida. Con las mejillas algo más hinchadas y el pelo un poco más corto, pero ese hombre tenía su cara. Su cara, su cabeza y, bien pensado, su voz. Esa voz que tanto había odiado las pocas veces en que le había llegado en forma de grabación. Los latidos de su propio corazón empezaron a retumbarle en la cabeza, mientras que sombras negras y puntos blancos se alternaban entorpeciéndole la vista. Cuando el hombre se sentó en el sofá para desatarse los cordones de los zapatos, su rostro, el de Roberto, el del hombre, se hizo completamente visible, y fue como mirarse en un espejo. En un espejo que le devolvía una versión distorsionada de sí mismo, pero suya al fin y al cabo.

El ruido de unos pasos rápidos le sacaron de su ensimismamiento justo antes de que un niño de unos cinco, o seis, o siete años (nunca había sabido calcular edades infantiles) entrara en ese salón gritando papá con un folio pintarrajeado en la mano. La carrera no cesó al acercarse al sofá, sino que el niño simplemente tomó impulso y se lanzó a por su versión engordada, que lo recibió con un abrazo y teatrales aspavientos de dolor. “Un día de estos vas a matar a tu padre”, es lo que Ricardo creyó entender al hombre cuyas cosquillas hacían retorcerse y reír al niño, que poco a poco se escurría del sofá hasta quedar contorsionado con la cabeza casi en el suelo de parquet.

“Ricardo, no seas burro que se va a hacer daño”. Esas fueron las palabras que anunciaron la llegada de la mujer con pantalón de chándal azul y camiseta blanca que entró descalza en la habitación con una cuchara de madera en la mano izquierda. Y entonces Ricardo no pudo evitar caer sentado en la oscuridad de su apartamento. Porque la mujer a la que todavía escuchaba pedir a su marido que se cambiara para ayudarle con la cena era Marina. La novia a la que había dejado tras tres años de relación al poco de terminar la carrera. Algo diferente, como ese otro Ricardo, pero Marina al fin y al cabo. Con unos años más, y el cuerpo ligermanete cambiado, pero sin duda la mujer de la que se había enamorado. La mujer a la que había engañado. Aquélla que le perdonó, o eso dijo aunque él nunca estuvo seguro, y a la que terminó dejando antes de que lo hiciera ella. La mujer en la que había seguido pensando durante tantos años y a la que no se había atrevido a espiar nunca, a pesar de ser aquélla de quien más quería saber.

Se quedó allí sentado, sujetando el peso de su derrotado cuerpo sobre las manos apoyadas en el suelo, a su espalda, por la que caían gotas de sudor que resbalaban hasta ser absorbidas por la sucia moqueta del suelo. Ni el paso de los minutos, ni el desaparecer de las voces vecinas o de la luz en el agujero sacaron a Roberto del estado de shock en el que se mantuvo hasta oír una puerta golpear al otro lado de la pared en la que descansaba la obra de El Bosco.

miércoles, 28 de octubre de 2009

A Roberto Orlino le gustaba mirar (VI)

Tres semanas después de haber observado por primera vez a través del pequeño orificio en la pared que se escondía tras la obra de El Bosco, Roberto no parecía el mismo hombre. Quien se movía desesperadamente de una pared a otra en la oscuridad de su madriguera pesaba casi doce kilos menos que el señor Orlino que atravesó aquella misma puerta con el ansia reflejada en sus facciones. Un ansia que no había dejado de crecer pero que ahora era acompañada en su rostro por la desesperación y la tristeza. Un rostro a medias cubierto por una incipiente barba y que llamaba la atención por su palidez, sólo abandonada en las grandes bolsas grises bajo los ojos.

Esos ojos no habían visto nada a través de ninguno de los tres agujeros. Nada en tres semanas. 21 días de querer y no poder. 504 horas en las que no había abandonado su universo pentagonal en ningún momento. No había vuelto a su antiguo hogar que ya ni recordaba, ni a aquella mesa compartida en la sexta planta de esa multinacional desde la que habían llamado a su móvil insistentemente durante los primeros días. Por suerte no había familiares de los que preocuparse, estos seguramente habrían persistido o, lo que es peor, podrían haber terminado encontrándole, sucio y desnudo persiguiendo sonidos de una pared a otra. Desnudo porque ni siquiera había vuelto a su antiguo apartamento para hacer la mudanza. O al menos una maleta. Y trece días con la misma ropa había sido más que suficiente.

Su único contacto con el mundo exterior desde la despedida del señor Uleb había consistido en las llamadas de móvil que realizaba a un restaurante chino con entrega a domicilio y al pequeño motorista asiático que, datáfono en mano, le pasaba las bolsas blancas a través del mínimo espacio posible entre la puerta y su marco. Bendito móvil y bendita tarjeta de crédito. Los adelantos tecnológicos que le permitían no separarse de esos absorbentes orificios ni un solo instante. Y aún así, a pesar de no encontrarse nunca a más de dos metros de ninguno de ellos, nunca había conseguido ver nada al otro lado. Nunca. Ni una sola vez.

Cada día, sin fallar uno sólo, Roberto era sorprendido por algún sonido (un golpe, un roce, un murmullo) proveniente de una de las paredes. Por supuesto siempre la opuesta a la que el ocupaba. Y por mucho que corría para alcanzarla lo antes posible, en cuanto su frente se posaba (o golpeaba, si no frenaba a tiempo) sobre el agujero, al otro lado ya no sonaba nada. Nada se observaba y nada se intuía. La oscuridad era absoluta y la quietud total. Ni el mínimo rayo de luz natural durante el día ni el más lejano resto de iluminación de una bombilla alteraban la opacidad absoluta de lo que se encontraba al otro lado.

Pero ese día, el día 22 de espera y acecho, algo cambió.

domingo, 18 de octubre de 2009

Nota

Equipaje para una semana de vacaciones en Bilbao:

Camisetas (x5)
Camisas (x2)
Calcetines (x5)
Calzoncillos (x6)
Sudadera (x1)
Jersey (x1)
Chupa de follador (x1)
Portátil (x1)
IPod con 7658 canciones (x1)
Libros (x3)
DVDs (x13)
Borradores de relatos (x3)
Fuerza de voluntad (x2)
Felicidad (x4)
Melancolía (x3)
Miedo (x2)

Y una frase de Los Piratas retumbando en la cabeza. ¿Seré como el tipo que algún día fui?